lunes, 25 de enero de 2010

Fausto y la invención de la imprenta




LA INVENCIÓN DE LA IMPRENTA Y LA LEYENDA DE FAUSTO Y SU PACTO CON EL DIABLO

Los antiguos romanos, y antes que ellos los chinos, conocían el arte de imprimir: grababan previamente en planchas de madera o en cortezas de árboles palabras o figuras, y luego las estampaban en vasijas, o en pieles de cordero, o en pergaminos, o, más cercano a nosotros, sobre papel. Y por eso Góngora , que lo sabía, pudo decir en Angélica y Medoro:

"Los troncos les dan cortezasen que se graben sus nombres
mejor que en tablas de mármol
o que en láminas de bronces"

Claro está que Góngora exageraba, porque las cortezas o las planchas de madera no soportaban un uso prolongado, y fácilmente se rompían, con lo cual la impresión resultaba lenta y costosa. Finalmente este procedimiento cayó en desuso cuando Gutenberg reemplazó las planchas de madera por tipos metálicos móviles colocados en una armazón también metálica. De haber dispuesto de ellas, las sibilas no hubieran escrito sus profecías en hojas de palmera, como lo hacían. Dígase, de paso, que tal hoja era llamada folia (hola), de donde viene nuestra palabra folio.

En las primeras impresiones y en los manuscritos se acostumbraba a dejar un amplio margen donde debía colocarse la mayúscula inicial de un capítulo, para que aquel que había encomendado la impresión diseñara la mayúscula según sus propios gustos, lo cual solía hacerse con vivos colores, entre los que predominaba el rojo.

El pobre Gutenberg padecía de serios problemas económicos, y se vio forzado a pedir un préstamo a su socio Juan Fust. Al no poder pagarlo, Fust se quedó con la imprenta. Según se dice ahora, Gutenberg se quedó sólo con la experiencia, en tanto que Fust se apresuró a imprimir numerosas Biblias que llevó a París, donde un impreso común costaba 500 coronas de oro. Fust comenzó a vender sus Biblias a 60 coronas, y las entregaba de inmediato, sin que el adquirente tuviera que esperar .

Los demás impresores y escribas quedaron pasmados y, al ver las iniciales rojas y brillantes que adornaban los ejemplares de Fust, sospecharon que ese rojo era la sangre del propio Fust, con la cual él sellaba un pacto con el demonio. Convencidos de todos esto, acusaron a Fust por hereje y en convivencia con el diablo . Se puso en marcha la máquina de la justicia: Fust fue detenido, registrada su casa y su imprenta, y allí naturalmente fueron encontradas muchas Biblias con las famosas iniciales sangrientas. Pero Fust no era ningún tonto. Sabía que corría el riesgo de ser llevado a la hoguera, de modo que le pareció más prudente decir toda la verdad, que hasta entonces había mantenido en secreto, y revelar la historia de la invención de Gutemberg. Asombrados y maravillados los jueces levantaron los cargos que había contra Fust, y prontamente la imprenta se propagó por toda Europa, y luego por todo el mundo.

Si tenemos en cuenta que en París Fust era conocido como Fost, que se escribía Faust, no debe extrañarnos que en español digamos "Fausto" ni que haya perdurado la primitiva hipótesis de que Faust tenía un pacto con el diablo, sellado con sangre, que Goethe inmortalizó y que nuestro Estanislao del Campo pudo aclimatar con muy buen humor en el teatro Colón.
Para terminar, digamos algunas palabras más sobre Juan Fust. Como todos los hechos históricos han sido afirmados por algunos y negados por otros, no faltó quien sostuviera que los tipos móviles no fueron inventados por Gutenberg sino por un tal Pierre Schoeffer, a quien correspondería también el honor de haber descubierto la tinta adecuada para imprimir las letras móviles. Fust, encantado y agradecido, dio a Schoeffer su hija en matrimonio, pero se quedó con la imprenta, llevó sus Biblias a París, etc

Texto tomado de: http://www.redargentina.com/manifestacionesculturales/NormaVanni/artesyoficios.asp